La caja de las fotos

—No abras el armario.

—¡Déjame coger la caja! ¡Por faaaa…!

—Como se pierda algo…

Eso era un “sí”.

Nunca quise que se perdiera nada. Por eso me subía a la cama, estiraba la mano y tanteaba hasta dar con la llave del armario, que introducía con cuidado en la cerradura. No era fácil abrirla. Tenía que escuchar un crujido y empujar los resortes con sigilo, igual que un ladrón. Primero aparecían los trajes del abuelo, suspendidos sobre un montón de toallas. Luego sus corbatas, colgadas a un lado. Y debajo, los cajones: las monedas de la dictadura, un abanico, ese chisme metálico, la maquinilla de afeitar, los jabones intactos. El olor a madera seca. Como si hiciera inventario, revisaba todos los cachivaches antes de coger la caja, abrazarla y correr por el pasillo. Una caja pequeña, metálica y llena de fotografías en blanco y negro. La abría cuando llegaba al salón, donde latía el reloj de cuerda y la luz, ahogada en las cortinas del balcón, quedaba suspendida. Siempre era verano.

I

Una boda en Madrid, mediados de los años 50. El convite. El tío César —que no es mi tío, sino el marido de una hermana de mi abuela— se inclina hacia adelante con las cejas arqueadas, sonriendo con la boca y los ojos. Lleva traje y su bigote eterno. Por entonces es el novio de mi tía Piedad —que no es mi tía, sino una de las diez hermanas de mi abuela—, guapa como una actriz de Hollywood, pero mucho más seria. César había nacido en un barco camino a Buenos Aires, crecido en el barrio de La Avellaneda y regresado a España tras la muerte de su madre. Piedad había nacido en un pueblo perdido en la sierra de Gredos, en Ávila. En los años 60, después de casarse, pasaron un tiempo en Wuppertal, en la República Federal de Alemania. El tío aprendió alemán, pero también italiano y turco, los idiomas de sus compañeros de la fábrica. La tía, más perezosa, se señalaba la pierna cuando iba a la carnicería, para comprar pata de cordero sin decir ni mu. Los conocí de niña. En su casa, mis primos —los hijos de las primas de mi madre— y yo tirábamos huevos por la ventana, mezclábamos potingues en el baño y chillando

—¡Son como “frrrisbisssssss”!

arrojábamos cedés por la terraza. Nunca nos regañaron. La tía preparaba la merienda, que traía siempre en una bandeja. El tío veía el fútbol, fumando sin parar y aporreando la mesa si el Real Madrid perdía. Conmigo siempre bromeaba. Una vez me dio sus gafas de sol, yo le puse mi diadema y nos sacaron una foto. Piedad había muerto poco antes, y él lo hizo poco después. No lo soportó.

II

Una boda en Madrid, mediados de los años 50. En el centro, los recién casados se toman del brazo y posan con cara de susto. A lo mejor porque les ha costado lo suyo llegar hasta allí. Marga —que se llama Margarita, pero aborrece su nombre— tiene los ojos abiertos como platos, y lleva un vestido blanco con guantes. Mariano un traje de corbata. La fotografía apenas muestra que él es veinte años mayor que ella. Que tiene 55, y ella 35. Y que en principio iban a ser solteros de por vida. Mariano rompió las reservas a base de perseverancia. Primero, paseando a su lado por la calle Conde de Peñalver. Marga llevaba los tacones con brío.

—¡Desempedraba la calle Torrijos!

Y luego, demostrando cómo era.

—Descubrí a una buena persona, y entonces…

Se casaron. La siguiente fotografía los muestra un año más tarde. Risueños como si acabaran de despertar, sostienen a un bebé en sus brazos.

Mi madre.

A pesar de las reticencias, Mariano se empeñó en llamar a su hija igual que su esposa. La segunda Marga de la casa. La decisión, poco práctica, propició que al final tuviese que referirse a su mujer como “la chica”, y a su su cría como “la nena”.

—¡Nena, está nevando!

Y la llevaba a caballito hasta la ventana, la misma donde se ven tan bien las tormentas. No conocí a mi abuelo. A mi abuela sí, y es la persona a la que más he querido en mi vida. Por eso, cuando ahora escucho gritar

—¡Abueeelitaaaaaaaaaaaa Margaritaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

doy las gracias a mi abuelo y sonrío, y quiero enseñar a los nenes a abrir el armario, sacar la caja y salir corriendo con disimulo lo antes posible.

 

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